NutriSuelo
Publicado el 14 de marzo Equipo técnico de NutriSuelo

Microbiología del suelo: qué aportan los biofertilizantes y qué no

Expectativas realistas sobre bacterias fijadoras, micorrizas y solubilizadores de fósforo

En los últimos años, el catálogo de biofertilizantes en el mercado se ha multiplicado. Cada vez es más frecuente encontrar productos con cepas de Azotobacter, Rhizobium, hongos del género Glomus o consorcios de Bacillus que prometen mejorar la disponibilidad de nutrientes. La pregunta que conviene hacerse antes de comprar no es si los microorganismos funcionan, sino en qué condiciones concretas lo hacen y con qué límites.

Las bacterias fijadoras de nitrógeno en simbiosis con leguminosas son el caso mejor documentado. En una rotación con veza o guisante, la nodulación depende del pH del suelo, de la disponibilidad de molibdeno y de que la cepa inoculada sea compatible con la variedad. Si el suelo está por debajo de pH 5,5 o ha recibido dosis altas de nitrógeno mineral, la fijación se reduce de forma notable, por mucho inóculo que se aplique.

Las micorrizas arbusculares actúan sobre todo en la exploración del suelo: amplían el volumen que la raíz alcanza y mejoran la captación de fósforo y zinc. Su efecto es mayor en suelos pobres en fósforo disponible y en cultivos con sistema radicular poco denso. En parcelas con fósforo Olsen alto y laboreo intenso, la respuesta suele ser modesta y difícil de medir en una sola campaña.

Los solubilizadores de fósforo, como algunas cepas de Pseudomonas o Bacillus, liberan fosfato de formas poco disponibles. Funcionan mejor en suelos con pH alcalino y carbonato cálcico, donde el fósforo tiende a precipitar. Aun así, no generan fósforo nuevo: movilizan parte del que ya existe en la fracción mineral, y su aporte es limitado si el suelo tiene un historial de extracción continuada.

Hay un punto que conviene decir con claridad: un bioinsumo no corrige un plan de fertilización mal planteado. Si la dosis de fondo no cubre las extracciones del cultivo, ni la cepa más específica va a compensar el déficit. La microbiología trabaja sobre lo que ya está en el suelo, y su margen de actuación es mayor cuando el resto de la estrategia está bien ajustada.

La forma de integrarlos con criterio pasa por partir de un análisis de suelo que indique pH, materia orgánica, fósforo y potasio asimilables. Con esos datos se decide si tiene sentido inocular, en qué momento del ciclo y con qué objetivo: mejorar la nodulación, ampliar la exploración radicular o movilizar fósforo retenido. Sin esa referencia previa, cualquier aplicación se convierte en un gasto difícil de justificar.

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